En el corazón de Oaxaca, la gente y su tierra resguardan historias ancestrales; historias que se han destilado con tiempo y paciencia, historias que tenemos el deber de compartir. Es en este paisaje donde los maestros mezcaleros con todos estos saberes, conocimientos compartidos y dedicación, guían el proceso de creación del mezcal. Cada etapa se realiza con respeto: un ritual transmitido de generación en generación, una manera más de contar estas historias.

Región

Mitla es uno de los Valles Centrales de Oaxaca. Ahí, la tierra vuelve sabias a las personas y las cosechas parecen marcar el tiempo del lugar. Entre suelos ricos en minerales y cielos abiertos, el agave espadín crece despacio, ajeno al mundanal ruido de las ciudades; hereda el carácter de su entorno y se convierte en reflejo del pasado.

La cosecha

Todo comienza en la tierra. Tras años de paciencia, el agave espadín se corta a mano cuando ha llegado a su madurez ideal: un acto que transforma la vida en esencia, guiado por la experiencia del maestro jimador.

La cocción en horno de piedra

Todo continúa en la tierra. Las piñas descansan bajo ella y son abrazadas por piedras calientes; el fuego lento despierta los azúcares, liberando aromas ahumados y profundos: un ejemplo más del poder transformador del fuego.

La molienda

Ya cocido, el agave se tritura para liberar su corazón. La tahona, en su giro constante, convierte la fibra en pulpa con cada vuelta: un ciclo firme, como el tiempo que se reencuentra con la tradición.

La fermentación

En tinas abiertas de madera, el mosto respira. Las levaduras naturales hacen su trabajo en un reposo silencioso, transformando los azúcares en nueva vida. Es así como el entorno deja su huella en el mezcal.

La destilación

El espíritu toma forma a través del barro y, una vez más, gracias al fuego, el mezcal se purifica gota a gota. Es aquí donde encuentra su carácter, donde su alma adquiere su expresión final.

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